Jean Marie del Moral

Ventanas sobre lo invisible

Manifestaciones obreras, Juegos Olímpicos, revoluciones... El fotógrafo Jean Marie del Moral (Montoire sur le Loir, Francia, 1952) retrató algunos de los grandes sucesos del siglo XX, además de escenas cotidianas en fábricas, objetos y naturaleza. Autodidacta, nómada y viajero, su vida profesional cambió el día en que conoció al pintor Joan Miró, “un poeta que transmitía sin hablar”.

Jean Marie del Moral. Fotografía: Íñigo Vega.
El Vendrell, 2015.
Montréal, 1973.
Antonio López García. Madrid, 1993.
Eduardo Chillida. San Sebastián, 1994.
Trois Rivières, Québec, 1974.
Ai Weiwei. Pekín, 2008.
Joan Mitchell. Vetheuil, 1982.
Marina Abramovic. Mallorca, 2017.
Miquel Barceló. Farrutx, 1988.
Ayers Cliff. Québec, 1975.

“A los 14 años les dije a mis padres que dejaba la escuela. Yo era un buen alumno, pero me aburría. Quería ser fotógrafo, lo tenía clarísimo desde que cumplí los 12 años. Al principio ellos se desesperaron, pero luego mi padre me dijo: ‘Si realmente es tu pasión, te apoyaremos’. Entonces me lancé al ruedo y así empezó mi historia”.

En la galería de su casa en Ses Salines, rústica y amplia con ladrillos a la vista, de tonos claros y dos plantas, Jean Marie del Moral habla de un acto de libertad, de seguir el deseo antes que un camino de supuestas certezas, moldeado y planificado. Para él la vida no se trata de encajar, sino de florecer.

Hijo de exiliados españoles por la Guerra Civil, muy pronto entró como ayudante de fotografía en SFENA, una empresa aeronáutica, tras escribirles en busca de trabajo. Allí aprendió la técnica, el uso de cámaras de placa, la luz artificial y el revelado.


Del Moral fue fotoperiodista deportivo, tomó imágenes de huelgas obreras en París, cubrió la Revolución de los Claveles en Portugal y retrató a algunos de los grandes artistas del siglo XX, desde Antonio Saura a Joan Miró, Antoni Tàpies, Miquel Barceló y Apel·les Fenosa, además de a los escritores Emile Cioran y Marguerite Duras, entre otros.

Su vida nómada lo llevó a residir en Francia, Canadá y Estados Unidos, y a trabajar para publicaciones como L’Humanité, Fortune Magazine, Vogue, Madame Figaro, El País Semanal o Travel and Leisure. Hasta que en el año 2012 decidió instalarse en Mallorca con Catherine, su compañera. Al tiempo se sumó Tita, una gata juguetona que pasea entre las palmeras del patio y un sendero de madera, en el que se ubica su sencillo estudio de baldosas blancas.

Libros sobre Picasso, Zurbarán, Goya, Paul Strand, Motherwell y Matisse conviven en la biblioteca con obras de sus retratados y de otros artistas. Un ejemplar de la Constitución de la República Española de 1931 sobresale entre otros textos en catalán y francés, las tres lenguas que domina este hombre corpulento y vital, cuya visión poética de la imagen procede del descubrimiento del cine, la literatura y la pintura, tres pasiones que cultiva con deleite.

“El exilio fue dramático para mis padres, si bien no se quejaban nunca, eran personas muy alegres. Mi padre era andaluz y mi madre catalana, pero no catalanista. Del exilio nunca te curas del todo, es una herida abierta y profunda. La solidaridad de los españoles en París era emocionante. Cada domingo en mi casa, que era muy pequeña, había una paella para diez personas”.

Junto a la influencia de Monsieur Mallet, un profesor enamorado de los pájaros que proyectaba diapositivas a sus alumnos, el libro Provence Noire, con fotos de Gilles Ehrmann, definió su futuro. 

Del Moral coge de su biblioteca este tomo negro, grande, cuadrado, acaricia las imágenes que aún lo maravillan, como el dibujo de Picasso en la portada. “Cada tanto miro este libro, lo tengo desde 1966. Las personas somos lo que vemos o lo que hemos visto. A la hora de hacer una fotografía, aunque sea de manera inconsciente, estas visiones reaparecen. Soy fotógrafo porque me gustan la literatura, la pintura y el cine. Para mí la fotografía es la síntesis de todo”.


El hombre que cambió su vida profesional tiene un nombre y un apellido mundialmente conocidos: Joan Miró. “Miró era un ser extraordinario, muy callado, un poeta que transmitía sin hablar. Cuando lo conocí empezó a interesarme el estudio de los artistas como laboratorio mental. El estudio del artista es su autorretrato, en él se acumulan cantidades de detalles que nos hablan de su obra, de sus dudas, de sus obsesiones”.

Su proyecto más reciente se titula Vegetal Graffitis, que expone en ABA ART LAB (Plaça de la Porta de Santa Catalina, 21B, Palma) hasta el 21 de junio. Imágenes de la naturaleza que inspiran a reflexionar. “Salgo a pasear por este entorno en Ses Salines, y veo posibilidades estéticas que me interesan trabajar. Entro en posición visual, como un cazador. Me di cuenta de que los árboles pintan, pintan con el viento y el sol. Una buena fotografía es una ventana sobre lo invisible. Y es también un silencio. Tengo la teoría de que a las fotografías no les gusta mostrarse, se esconden. Hay que pensar, perseguirlas y ver. Porque ver es saber”.

Jean Marie del Moral. Fotografía: Íñigo Vega.
El Vendrell, 2015.
Montréal, 1973.
Antonio López García. Madrid, 1993.
Eduardo Chillida. San Sebastián, 1994.
Trois Rivières, Québec, 1974.
Ai Weiwei. Pekín, 2008.
Joan Mitchell. Vetheuil, 1982.
Marina Abramovic. Mallorca, 2017.
Miquel Barceló. Farrutx, 1988.
Ayers Cliff. Québec, 1975.
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