Un romance de tres minutos

Del lindy hop al balboa y del claqué al jazz. Los diferentes estilos para bailar swing conquistan a cada vez más palmesanos en clubs que ofrecen cursos, organizan fiestas y bailes “clandestinos” en la calle.

¿Cómo es posible que un tramo de la calle Arxiduc Lluís Salvador y un salón del barrio de Santa Catalina vibren al ritmo de un estilo de música afro, nacido en Estados Unidos después del primer vuelo sin escala de Nueva York a París realizado por un avión de un solo motor, hace casi un siglo?

La respuesta implica dos hechos sin conexión aparente: el vuelo de 6.000 kilómetros entre Norte América y Europa del piloto Charles Lindbergh en mayo de 1927 a bordo del Spirit of St. Louis. Y la noche de Harlem donde toda esta historia comenzó en vísperas del crack bursátil de 1929.

A la par que las fortunas de grandes y pequeños accionistas estadounidenses se despeñaban por el precipicio, en el Savoy –uno de los salones más populares de Nueva York– brillaban las big band, los concursos de baile y los pasos improvisados de sus bailarines más eléctricos, entre ellos George Shorty Snowden. Una de aquellas noches Snowden, tras ejecutar varias piruetas y acrobacias nunca vistas sobre el escenario, contó a un periodista que aquello era the lindy hop o “el salto de Lindy”, en honor al vuelo transoceánico realizado por Charles Lindbergh dos años atrás.

Aquel extraordinario hito aéreo que cambió sin pretenderlo la historia de la música swing para siempre congrega en Palma, desde hace algunos años, a cientos de aficionados en cursos, fiestas y bailes en la calle organizados por clubes como Tandem, Galactic y Sa Cotxeria.

“El swing siempre me ha gustado. La música es alegre, y el baile muy social. El ambiente es muy chulo y ayuda a conocer gente”, comenta Basilio González, director de Tandem Club, la escuela que en abril cumplió 5 años. Junto a su compañera Anna Subirana, especialista en bailes de swing, dan clases de claqué, balboa y swing kids, además de lindy hop. “Tuve una compañía de claqué con la que actuamos por España. Después empecé con el lindy hop y me enamoré del balboa. Es lo que ahora bailo más. E incluso compito a nivel internacional”, añade Basilio.

“Nosotros montamos la primera escuela. Tenemos 300 alumnos y 17 grupos semanales. Creo que la gente se engancha con el swing porque matas dos pájaros de un tiro: te lo pasas bien y conoces gente”, dice Xisco Joan, director de Galactic, club de baile que además tiene un bar. “Los miércoles, jueves y viernes pinchamos música swing. Vienen a bailar más de 100 personas cada noche. Tienen entre 20 y 60 años. Vienen en pareja y chicas solas. Este es el gran drama del baile: que hay pocos hombres”, señala.

Pero el ámbito natural del swing es la calle, en sesiones conocidas como “clandestinos”. El lindy hop, por ejemplo, nació como un baile rudimentario, y desde luego no se aprendía en las academias. Unos copiaban los pasos de otros. Así nacían y se perfeccionaban las figuras.

Cada vez más popular y masivo, el swing gana espacio y conquista corazones en lugares tan distintos como Bogotá, Cracovia o Pekín. “Un día llegas a una ciudad que no conoces, buscas lugares donde bailar swing y los encuentras al minuto. La gente se te acerca, quiere bailar contigo, te pregunta de dónde eres. Hay mucho intercambio”, comenta Basilio.

Además de Snowden, Frankie Manning fue otro de los bailarines y coreógrafos que popularizó el swing en su época de oro. Parte de Whitey’s Lindy Hoppers, dejó su sello en las películas Big Apple (1939), Hellzapoppin (1941) y Hot Chocolates (1941), con Duke Ellington. Su frase “cada baile es un romance de tres minutos” es un sello de identidad que lo define todo.

“Cuando bailamos, sonreímos. Toda la gente sonríe en una fiesta o en un clandestino. Esta es una de las cosas que más atrae: que un error se transforma siempre en sonrisas”, comenta Basilio.

Cae la tarde en Palma. En el salón iluminado y aún vacío suena la música de Duke Ellington, la cadencia de la trompeta de Gillespie, el sonido inconfundible del piano de Gordon Webster. Hasta que poco a poco van llegando doctores, ingenieros jubilados, chóferes, profesoras, cajeras de banco, dependientes, informáticos, camareras… Todos unidos por una misma pasión: el swing.

Baila una pareja, se suma otra y otra más sobre el suelo de madera bien lustrada. Distendidos ensayan unos pasos mientras otros, que aún no se animan, conversan entre sí, expectantes; algunos, ataviados con el clásico chaleco, observan la caricatura de Louis Armstrong, o un dibujo de Count Basie con sombrero negro, o la foto de Frankie Manning, elegante y sonriente, con sus tirantes rojos y la boina gris.

La fiesta acaba de empezar en Tandem. A la vez que se agitan las caderas en Galactic. Y se mueven con gracia los pies en Sa Cotxeria. Las canciones se suceden en un romance de tres minutos. Porque Palma tiene swing.

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