Todas las vidas

Buscando fotografías antiguas para un trabajo del colegio de mi hija, doy con una caja pesada y llena de polvo en una estantería olvidada de la biblioteca. Levanto la tapa y el aroma a antipolillas de lavanda se filtra entre los viejos libros y álbumes que contiene la caja, liberado al fin de su encierro de años y oscuridad.

El primer álbum es marrón y está desgastado, abro la tapa y me encuentro cara a cara con la mirada de mi madre, en una fotografía en blanco y negro, a los pocos meses de nacer. Paso las hojas y mi madre me sigue mirando, ahora con dos años junto a mi bellísima Tata, su madre, mi abuela, después con cuatro o cinco abrazada a una muñeca de porcelana, y frente a una tarta a los seis o siete, vestida de blanco y con tirabuzones, rodeada de sus padres y sus tíos y sus abuelos concentrada nada más que en soplar las velas. El mundo apenas está empezando para ella todavía, aún no puede saber lo que va a venir más tarde, todas esas cosas que no nos cuentan de pequeños, para protegernos.

En otro álbum, una foto tomada desde abajo resalta la figura gigante de mi padre, flaco, relajado, a sus treinta y pocos años, la barba negra, vestido con un chándal adidas azul claro y un periódico bajo el brazo, pasándonos su mano fuerte por el hombro a mi hermano y a mí que, como mi madre frente a su tarta en blanco y negro, tampoco sabemos lo que nos va a deparar la vida todavía, vestidos de futbolistas a principios de los ochenta, seguros y tranquilos porque nuestro padre es fuerte y está a nuestro lado y nos quiere.

Imágenes de mis abuelos en la Unión Soviética frente a un inmenso retrato de Lenin, de mi padre arando el campo con aquel pequeño tractor naranja, de mi hermano recién nacido en mis brazos una Navidad, de aquel primer perro que tuvimos, un cachorrito de pastor alemán llamado Hobo, que significa vagabundo en inglés.

Fotografías que a pesar de lo que cuentan, que no es poco, no pueden proyectar más que un débil destello de todas las vidas que fuimos, cuando nada nos amenazaba en el horizonte, y todo era música y campos de flores y cielos azules bajo los que saltábamos en libertad, antes de que un día nos despertáramos sintiendo que habíamos perdido todo aquello para siempre.


(p.d. La historia siempre se repite. Y me turba imaginar que un día nuestras fotografías también les contarán a nuestros hijos algo de lo que fuimos. A pesar de que un pequeño trozo de papel no pueda contener todo este amor).

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