Catedral de Palma

Lo que la Catedral de Palma esconde

La Seu de Malllorca guarda historias que pasan desapercibidas a los ojos de fieles y visitantes: destellos de luz, sigilosos misterios, numerología insólita…

Capilla Real
Capilla de Sant Benet
Cripta

La Catedral de Santa María de Palma de Mallorca , durante siglos, reflejó su majestuosidad en el mar, cuando las olas del Mar Mediterráneo venían a romper a los pies de su muralla. Testigo de este hecho, pues cuenta nada menos que con 700 años de antigüedad, fue el arcángel San Gabriel, viejo protector y patrón de Palma, una escultura-veleta de bronce que apunta con el dedo desde la torre del homenaje del Palacio de la Almudaina, donde reside desde el año 1310. San Gabriel conoció pues, desde su posición privilegiada, la primera fachada de la Catedral. Entonces no estaba la Virgen con los brazos extendidos ni el frontón neogótico, pero sí dos rosetones a través de los cuales jamás se filtró la luz y que hoy, tapiados, aún se pueden contemplar desde el interior del edificio. San Gabriel también sobrevivió al terremoto de 1851, que dejó la fachada que da a la Almudaina a punto de demolición.

En los días en que se empezó a construir la Catedral, tras la conquista de Mallorca por parte de la Corona de Aragón el año 1229, se fue simultáneamente derribando la mezquita de Medina Mayurqa, que ocupaba la misma ubicación junto a la Bahía de Palma. La única herencia musulmana visible son los muros desviados de la pared de la torre del campanario. ¿Un error del arquitecto? No. Es simplemente que esta parte de la Seu sigue orientada hacia la Meca, un detalle que se observa perfectamente desde la terraza norte. Esta torre torcida con respecto al resto del edificio es también la casa de las campanas, algunas curiosamente apodadas Antònia, Nova, Tèrcia y Picarol (que repican los domingos y festivos), Bàrbara, Mitja y Matines (en los fieles difuntos), o n’Aloy, la de mayor tamaño, exclusiva del día del Corpus o de la consagración de un nuevo obispo

Para subir al punto más alto de la Catedral hay que hacerlo por los 215 escalones que dan forma al caracol que lleva de la tierra hasta el cielo con una parada para coger aire en sus terrazas, abiertas de nuevo al público desde hace más de un año. Y también la Sala Primera del campanario, antigua prisión o refugio de asilados, que en su encierro dejaron incisiones, e inscripciones, entre los siglos XV y XVIII, siendo las más llamativas un rostro y un barco medieval.

En el Portal del Mirador, que da al mar, se encuentra una escultura que homenajea al libro del Árbol de la Ciencia, de Ramón Llull, el intelectual mallorquín más relevante de todos los tiempos. Cuenta la leyenda que en esta parte de la Catedral también se encuentra una mujer emparedada, Doña Elisabet Safortesa Gual-Desmur. Perteneciente a la nobleza mallorquina, tenía a su servicio a la que después fue Santa Catalina Thomàs. Al enviudar pocos días después de su boda, Elisabet pidió ser encerrada en una pequeña sala en el lateral de la Capilla de Sant Pere. Solamente dejaron un pequeño espacio por donde se le suministraba comida y una ventanita que aún permanece, por la que pudo respirar algo de brisa marina durante los trece años de encierro voluntario, hasta morir en 1589. No es la única mujer que allí descansa. También lo hacen Esclaramunda de Mallorca (Mallorca, ? – 1371), descendiente directa de la familia real mallorquina y sobrina del rey Sancho I; o Beatriu de Pinós (Catalunya, 1433 – Palma, 1485), fundadora del Estudio General Luliano, origen de la Universitat de les Illes Balears. En la oscuridad de la cripta de la nave Epistolar, en una pared reza: “aquí descansan las cenizas de Maria Jusepa Desbrui”, cuya historia se desconoce.

Una de las sepulturas más curiosas del templo es la del obispo Gil Sánchez Muñoz, en el centro de la Sala Capitular Gótica. La tradición colocaba un capelo o sombrero sobre la tumba del clero. Cuando este caía sobre ella, el alma subía al cielo. Sin embargo, allí permanece colgando el de Gil Sánchez Muñoz desde el siglo XV. Su mala relación con el cabildo se tradujo en una firme cadena de hierro que no deja escapar a su espíritu. En el mismo espacio en el que se encuentra la sepultura, dos tablas, de la Crucifixión y de la Merced, homenajean a las víctimas de la inundación masiva por el desbordamiento del torrente de la Riera, el año 1403, catástrofe en la que murieron más de 5.000 personas. La mayoría de ellas duermen para siempre entre dos pilares de la Seu.

Volviendo a la nave del Evangelio, seis leones sustentan el púlpito junto a seis atlantes, cada uno de ellos con una expresión distinta y diferentes facciones, con barba, sin barba, con bigote… que ha sido interpretado como la representación del paso del tiempo. Esta interpretación también se hace del mosaico del suelo frente al Altar Mayor, en el que un angelito dorado juega con burbujas que se diluyen como lo hace la vida.

La mesa del Altar Mayor, hecha de una gran pieza de alabastro, es sujetada por ocho columnas del siglo XIII. En el centro, una novena columna del siglo VI ocultaba en su interior, hasta el siglo pasado, un documento que parece recoger las diferentes consagraciones a lo largo de la historia. La Virgen que se ve tras él, Nuestra Señora de la Seo, quería ser una matrioska rusa del siglo XIV. Y es que, tras la pequeña puertecita, en uno de los laterales de la escultura, hay un sagrario.

Bajo esta Capilla de la Santísima Trinidad, donde también descansan los reyes Jaime II y III, se encuentra la Sacristía, no accesible al público general. Allí vemos un armario del siglo XVI, posiblemente realizado por Juan Salas, con piedra de Santanyí. Está repleto de artículos para el culto, decenas de cálices, cruces de todos los tamaños, espadas, calaveras con coronas de flores y reliquias de santos que protegen un precioso artesonado de madera gótico con decoración mudéjar y pintado al temple. Pero uno de los grandes tesoros que la Seu alberga es una joya exótica, los rimmonims, que los hebreos usaban para proteger el rollo de la ley. Estas piezas de orfebrería medieval son tan importantes para ellos que se rumorea que la comunidad judía demandaba que les fueran devueltas. Los rimmonims venían de la sinagoga de Cammarata, en Agrigento, y se cree que los compró el mercader mallorquín Francesc Puig, que en 1493 los envió como ofrenda a la Virgen de la Catedral.

Detrás del gran conjunto artístico religioso de cada una de las capillas de la Catedral hay pequeñas curiosas historias. Como la de la ubicación de las santas Ninfa y Cristina, nombres poco comunes para santas en nuestra isla. La justificación es que venían de Palermo, Italia. O las dos sepulturas del siglo XVIII idénticas por encargo en la Capilla de Sant Benet, encabezadas cada una por un mismo esqueleto con alas que simboliza la muerte del obispo Benet Panyelles y su gran amigo, el comandante general de Baleares, de origen irlandés, Patricio Lawles O’Brian. Sin olvidar la tumba de Antoni de Galiana, el primer obispo de Mallorca entre 1363 y 1375, en una de las salas más privilegiadas, la Capilla de la Corona.

El colorido mural cerámico que se encuentra en la parte frontal de la Capilla Real fue diseñado por Josep Maria Jujol, gran colaborador del arquitecto Antoni Gaudí. Juntos llevaron a cabo la reforma litúrgica del templo entre 1904 y 1915. Para este mural emplearon las cerámicas de la fábrica mallorquina de La Roqueta. Los dibujos representan 230 palmas de olivo con el mismo número de hojas cada una, trece en un lateral y catorce en el otro. También los escudos de los 53 obispos que por allí pasaron desde la conquista de la isla por parte de la Corona de Aragón, y unas estrellas con números romanos con las que Jujol y Gaudí quisieron prever la ubicación de los futuros escudos en el mural.

Antoni Gaudí dejó [...]


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