Caminando en el aire

El verano del 1974, el funambulista francés Philippe Petit completó la hazaña de caminar sobre un cable situado entre las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York. A medio camino se sentó sobre el cable, hizo una reverencia y hasta se detuvo a conversar con una gaviota que sobrevolaba su cabeza. 45 años después, Mallorca se erige en el escenario perfecto para vivir la magia y los equilibrios imposibles de la highline.

Fotografía: Ian Eisenberg

“Cuando estás solo en el vacío, flotando en el cielo y no sientes miedo, lo que tienes que estar sintiendo entonces es una profunda sensación de libertad”. La historia como deporte del slackline (en español “cinta tensa”) se remonta a la década de los ochenta en el Parque Nacional de Yosemite, en California, cuando unos escaladores, en sus días de descanso, idearon un sistema para distraerse. Ataron una cinta entre dos árboles y empezaron a caminar sobre ella, balanceándose por pura diversión. Hasta que un día uno de los escaladores alzó la vista al cielo y decidió que ya era hora de montar la primera highline o línea alta, a más de 800 metros de altura. Así que sujetó anclajes entre dos puntos, tensó la cuerda lo suficiente y rezó para no morir en el intento. 


La primera vez que te subes a una highline estás muerta de miedo y tienes que ir luchando poco a poco contra ti misma porque sabes que te vas a terminar cayendo. No basta con estar fuerte y entender el movimiento de tu cuerpo en la búsqueda constante del equilibrio. La altura representa una dificultad añadida y la batalla más grande se libra en tu cabeza. “Camina, respira y no pienses en el vacío”, te dices a ti misma. Primero tienes que sentir y aceptar el miedo, para luego dejarlo ir. 

Acompasas la respiración sincronizándola con tus latidos, la brisa acaricia tus orejas. La adrenalina queda en un segundo plano. El constante temblor de la cinta te obliga a imponer estabilidad física y mental. Sabes que con cualquier mínimo movimiento cambia el centro de gravedad del cuerpo. Inspiras y notas como los pulmones se expanden y el aire entra en ellos. Dejas que tu cuerpo fluya, como en una especie de meditación en donde todo se desvanece y solo tu memoria muscular actúa.


El siguiente paso    


Cuando Ian Eisenberg (Arizona, 1989) contempló su primera highline fue presa de una fuerte impresión, mezcla de miedo y emoción a la vez. Para este profesor de inglés residente en Mallorca, caminar sobre la cuerda floja también surgió como un pasatiempo en el parque, los días de descanso entre sesiones de escalada. Eran muchísimas las ganas que tenía de probarlo, pero al principio no encontró a nadie con quien formar equipo. Un día en que estaba especialmente desanimado decidió no esperar más, compró el material que necesitaba por internet y se sirvió de videos de YouTube para armar su primera highline

Así fue como entre Ian y Jordi Zhang (Barcelona, 1994) fueron atrayendo el interés de otros escaladores y slackliners creando la primera comunidad de highline de Mallorca. En su cuenta de Instagram (@slackline_mallorca) publican maravillosas fotografías que muestran el esplendor de la isla como lugar incomparable donde perfeccionar el arte de caminar sobre la cuerda floja. De la motivación de uno y la motivación del otro se generó la emoción de todos. “Cuando hay gente alrededor todo es mucho más divertido, te animan, los animas, básicamente compartes más.” La familia de personas que conforman este peculiar grupo ha logrado crear un entorno en el que pasarlo bien y en el que “todo el mundo es bienvenido a probar”. 


Cuando estás sobre una highline el tiempo se detiene y cada uno afronta la soledad como mejor puede o sabe. Para algunos, el reto está en cruzar la línea sin caer. Para otros, evitar que la mente vuele a otra parte. Para Verónica, por ejemplo, la clave está en “encontrar el equilibrio a través de tu propio centro”. Domingo confiesa que es un “deporte asombroso”. Y para Iago, una “lucha psicológica”. Lo mismo que para Miki es “superación del miedo” y para Lluca “autosuperación”. Mercè nos recuerda la importancia de “caminar todos juntos”, a lo que Jordi añade que hay que “fluir y seguir el ritmo de la vida.” Mientras que para Ian, highline es “mucho más que caminar sobre la cuerda: es un estilo de vida”.


Siendo ya un paraíso para la escalada y otros deportes de montaña, con sus espectaculares paisajes Mallorca se ha convertido en el escenario perfecto para montar highlines. Caminando sobre aguas cristalinas. Pausados en el aire con los brazos extendidos como queriendo abrazar la nada. Dando un paso tras otro hasta confundirse con un punto en el horizonte.  Ya sea en calas de infinita belleza natural o entre acantilados ocultos en la Sierra de Tramuntana, esta pequeña gran familia de funambulistas y acróbatas seguirá buscando lugares mágicos donde montar nuevas highlines y, por unos instantes, detener el tiempo.

Fotografía: Ian Eisenberg
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